Eran las 3 de la mañana. Mbargo estaba ya medio vacío, estábamos cansados y que decidimos marchar. El rastafari y los demás cogieron taxi, pero a mí (que vivo en dirección opuesta) me tocaba caminar. En realidad no me importa andar después de un par de copas. A esas horas mi presupuesto de la noche suele estar más que acabado, normalmente sobrepasado, así que alivio mi conciencia económica diciéndome a mí mismo: "mira lo que voy a ahorra en taxi si me voy andando!" Es estúpido, lo sé. Pero ahí voy yo casi todos los fines de semana a las 3 de la mañana colina arriba.
En el camino de anoche topé con dos españoles que, como era de esperar, andaban en el mismo estado semi-euforico-alcoholico que se puede esperar en la noche inglesa de San Patricio. Dani y Carlos llevaban aquí más de dos años. Habían pasado por todo tipo de trabajos basura, había aprendido que vivir con españoles no trae cuenta si lo que quieres es aprender, habían pensado en volver, habían pensado en quedarse toda la vida, habían conseguido un buen empleo, estado en el paro y cambiado varias veces de casa. Carlos era callado, pero Dani hablaba con la seguridad de saber cómo funciona todo en este país. Me preguntaba sobre mi vida aquí de una manera bastante inteligente, sin perderse en generalidades y sabiendo cómo profundizar en las razones. Después de un buen rato de hablarle de historias, vidas, relaciones, ambientes, motivos y excusas, casi al final de la conversación, tajantemente, me dijo: "...pero con el tiempo te darás cuenta de que en este país hay dos tipos de españoles: los que se creen que se van a comer el mundo y los que se creen que ya se lo han comido".
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